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Nunca
deja de sorprender la obra de Roberto González Fernández; cada nueva
exposición supone un descubrimiento.
Primero fue la fotografía, con
ese
interesante juego de ambigüedades entre realidad y representación, a
través del tradicional recurso del cuadro dentro del cuadro (por otro lado, tan
habitual en su producción); hace tres o cuatro años, la escultura y recientemente, la imagen digital... Ninguna técnica parece oponer
resistencia y todas se interrelacionan, y sea cual sea, conservan esa
unidad y coherencia que le son propias, a partir de su inmediata experiencia
vital y un minucioso proceso de investigación.
Lo primero que conocí de sus "Máscaras de Arriaza" fueron
las piezas de bronce; luego vendrían los grabados y los óleos. Me parecieron
inquietantes.
Para nadie es novedad su reiterado interés por profundizar en las
emociones y relaciones humanas, que traduce en imágenes de una iconografía muy
personal y precisa. Recordemos series como "I love you, I hate you",
"DEAYM,
"Orestes" y un largo etc. donde sus protagonistas presentan
estudiadas
actitudes, no por ello artificiales o forzadas, en los que el lenguaje gestual constituye el principal vehículo con el que expresar
sentimientos como la soledad, el desamor, la amistad, la muerte, etc. ¿Y que mejor
forma de expresar y modelar los estados emocionales que a través de la máscara,
tan directamente entroncada con el mundo de la escena y, por otro lado,
un recurso universal de representación mágica, ritual y simbólica?.
Así, aunque este objeto ya fue utilizado en su obra de los años 80,
con sus "Máscaras de Arriaza" inicia un nuevo y complejo proyecto con
el que se propone materializar las alegorías de cinco pasiones humanas: el
placer, el dolor, la fe, la sexualidad y el "tiempo perdido". Concebida
como una serie, donde el tema es analizado hasta sus últimas consecuencias
(seriaciones,
repeticiones y transformaciones de un mismo asunto han sido un recurso creativo permanente en su obra), recurre además a diversas técnicas
como el óleo, el aguafuerte y la escultura. Para esta última, utiliza el
bronce, al que imprime un tratamiento pictórico, como lo manifiesta la vibración
del modelado y las innumerables huellas, intencionadas o no, cualidades
intrínsecas del metal, cuyas transformaciones y oxidaciones le
proporcionan sugerentes calidades cromáticas.
Como fuente de inspiración, animado por ese espíritu barroco con el
que más
de una vez se le ha calificado, parte de la emblemática occidental. En
el caso de su "Profundo Dolor", utiliza la Iconología de Cesare
Ripa, donde el emblema del "dolor" aparece representado por una serpiente, símbolo
del mal, que ciñe y rodea varias veces la figura de un hombre desnudo, para
morder su costado como principio de destrucción. En la máscara, sintetiza esta
iconografía, y el sinuoso reptil se introduce en su boca hasta roer sus
entrañas, inmovilizándola por un insoportable ahogo, que te ahoga...
Como todo en su obra, la representación, de aparente sencillez, no está
exenta de grandeza y complejidad conceptuales.
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