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Roberto,
últimamente me he acordado mucho de la Babel que sitúas poéticamente
anclada al Cabo de la Ira. Sentí la necesidad de volver a ver el mar
que pintaste, brumoso, solitario y libre, meciendo la construcción de
mil lenguas, levantada bajo la ceguera de la incomprensión humana, y
rastreé con interés las tonalidades de azules, verdes y grises que
matizan el perfil incólume del agua, el cielo y las rocas. Una vez más,
he podido confirmar como en este terreno de nadie reina una luz
transparente que, incluso, me lleva a pensar que, quizás, algún día,
en esta laberíntica torre, podrían llegar a convivir hombres de buena
voluntad, entendiéndose y hablando un solo idioma.
Detrás de tu reflexión estética se adivina
aquel amor que, dicen, movió al hombre, ya en la antigüedad, a dar sus
primeros pasos en las artes plásticas. Por eso, en estos momentos
aciagos para nuestra tierra, volví a recuperar la imagen de Babel-
Mi’thuigsei, y no pude resistir la tentación de comparar esta obra,
enclavada en una punta escarpada de Escocia, con otra tuya de la misma
serie que dedicaste a Galicia. En aquella Babel Confusión se ve un mar
claro y un paisaje limpio, y en cada trama y rincón hiciste, también,
que habitara el verde, el azul...
Sin embargo, la realidad, en ocasiones, se empeñan
en mostrárnosla muy distinta a como la soñamos en la pintura. Tú has
representado una verdad que hoy se encuentra herida por la amargura y la
impotencia. Hemos roto el equilibrio de nuestras relaciones con la
naturaleza y la Babel que tenemos está ahora manchada por el negro que
maltrata nuestras playas, destruye la vida de nuestras costas y nos deja
conmovidos ante tanto desastre que sólo la codicia y la soberbia del
hombre han levantado.
Necesito, más que nunca, creer que tus Babel
son mejores que las que me rodean y, haciendo mío aquello de que “el
espacio puede producir nuevos mundos”, he decidido encadenarme a la
casa deshabitada que amarraste a ese cabo del norte; sólo allí podré
imaginarme segura como Ben, aquel tipo genial de Bill Forsyth, rey de un
pequeño gran mundo en una playa de arena blanca. Con esta obra que has
creado, pensaremos que lo que está sucediendo no deja de ser un mal sueño.
Roberto, gracias por esa voz grande de Esperanza. Es, justamente, lo que
necesitamos: creer, para seguir viviendo.
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